jueves, 25 de febrero de 2016

Un blog en pro de las malas palabras


Las malas palabras son irremplazables. El vocabulario subido de tono aporta expresividad y matices a lo que se comunica, no solo por su sonoridad, también porque beneficia a la claridad de las ideas, además es terapéutico por el efecto catártico que produce emplearlo, la contextura física de pronunciarlo y su fuerza alivian al promover la descarga de las emociones. Tal vez por eso se emplea el superlativo 'palabrotas' para referirse a ellas, pues son evidentes, no pasan desapercibidas, ilustran, incluso son pedagógicas, se explican solas y nunca se olvidan.
Pero se toman como vulgares, como si eso fuera defecto, me pregunto qué de malo hay en que algo sea popular, como tomar cerveza o disfrutar del fútbol. Adicionalmente el malhablado aporta a la riqueza del idioma, como en el caso del vocablo 'gonorrea', que para los médicos es una infección bacteriana de contagio sexual, cuya característica es la inflamación con pus fétida y verdosa, y responde divinamente al tratamiento con espectinomicina, mientras en su acepción extrahospitalaria sirve para maldecir el infortunio, como cuando se dice "¡qué gonorrea, me robaron!" o para protestar en contra de alguien que abusa, este es el caso de "¡oiga gonorrea, haga fila!". Así que el lenguaje de la calle tiene mucha vida, precisamente porque se usa ampliamente.
Sin embargo el vocabulario soez es una familia marginal de palabras. Una autoridad anónima debió ordenar en algún momento que no debían emplearse, en especial ante los mayores y las damas, hasta el punto que en una ocasión conocí a una monja tan loca que no captaba la metáfora detrás de 'boquisucio', así que cuando sorprendía a algún niño malhablado le lavaba la boca con jabón en barra para la ropa. La prohibición de su uso hace parte de la educación, del mundo de "eso no se dice, eso no se hace, eso no se toca", y seguramente por eso son tan difundidas, es más, creo que a los jóvenes les atraen porque escandalizan a los adultos, y los apasionan mientras aprenden a emplearlas de manera tolerable para la comunidad.
Así que están determinadas por la cultura, no son universales, lo que se considera vulgaridad cambia según las regiones y los países, y sigue siendo una incógnita quién clasifica las malas palabras, sobre quién recae la responsabilidad de decidir cuales lo son y cuales no, razonaba Fontanarrosa precisamente en su intervención en un Congreso de la Lengua Española. Además esa misma autoridad arbitraria en ocasiones opta por dar una amnistía a alguna mala palabra: este es el caso de 'güevón´, y prefiero utilizar su forma onomatopéyica porque así tiene más realismo y sabor a calle que 'huevón', como figura en el Diccionario de la Lengua Española, de todas maneras, se trata de un término indispensable que no puede superarse empleando 'torpe', ‘bobo’, 'necio' ni 'cándido', y que desde hace tiempo las separadas lo utilizan para referirse a los exesposos, luego esta innovación lingüística se extendió a todo el género masculino, hasta el punto que ahora para muchas mujeres es simplemente otro sinónimo de 'hombre', perdiendo para siempre su carácter soez; hasta que por último surgió 'güevi', una derivación cuyo significado queda a mitad de camino entre su drástica forma original y los eufemismos inofensivos, y hasta puede emplearse con cariño.
En suma, aquí no se trata de hacer una defensa decidida de las malas palabras. En todo caso debe tenerse en cuenta que es agotador un discurso sin finalidad médica que gira alrededor de alusiones a las funciones digestiva, urinaria y reproductiva, utilizadas solo por sus efectos dramático y hostil, ya que el uso estrecho del vocabulario es extenuante para cualquiera. Este blog solo propone un cese de hostilidades contra las malas palabras, tan útiles en ciertos contextos.

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